jueves

Historia de la hermosísima Mariela e Hilario, el futbolista


Este es el relato de las peripecias que debió sortear la pasión que sienten Hilario, el futbolista y la hermosísima Mariela, para transformarse en un amor que atraviesa siglos y universos; pero antes de contarlo, debo sincerarme y explicar el porqué del título.
En libros tales como La guerra y la paz; Ficciones, 20 poemas de amor y una canción desesperada, por ejemplo, el título nos da una cierta idea del contenido, pero en estos tiempos en que el fútbol mueve multitudes de gentes y de dineros, se tiene mayor eco si se cuentan historias sobre futbolistas, aunque debo reconocer que Hilario mucho de futbolista no tiene, al menos no lo tiene en nuestra realidad, pese a lo que afirma el título de este relato.
Como a todo rioplatense bien parido, a Hilario le atrae eso de intentar manejar eficientemente una pelota en la cancha, y por ahí, cuando va caminando y se les escapa la pelota a algunos que sí están jugando un picadito en un potrero, él, que quiere lucirse, se las patea con efecto (son tiempos y lugares en que la pelota aún dobla) o con fuerza, dependiendo de la distancia a la que se encuentren esos tipos que le están gritando “a mi, amigo, tirámela a mí…”…pero jugar, jugar eso lo hace una vez cada año o cada seis meses a lo sumo, con sus compañeros de oficina o con algunos amigos, y en cada ocasión, como muy deportista no es, queda con todos, pero todos los músculos envarados por cuatro o cinco días y puteando porque apenas puede caminar o moverse.
Por esta falta de cancha las pelotas pateadas con efecto por Hilario, generalmente terminan en cualquier lado y ese cualquier lado queda más lejos de los futbolistas de lo que estaba cuando le pidieron a Hilario que se las alcanzase. El tipo que se la pedía se lo agradece con cara de “…bueno, por esta vez está bien amigo, pero no me la alcances más ¿si?”, mientras lo que están más lejos, escudándose en el número y el anonimato, hasta se animan a gritarle un “pataduuuuuuura”, que Hilario hace como que no escucha.
En cuanto a Mariela, sí, ella sí tiene unos ojos hermosos, grandes, brillantes y expresivos; también tiene un buen par de tetas que las menea provocadoramente cuando se te viene acercando y…, sinceramente, no tiene muchas más cosas que pueda aportar a considerarla bellísima.
Vista desde atrás…no dice mucho.
Su cabello castaño cortado hasta los hombros es común; sus manos son evidentes manos de mujer que realiza tareas en su casa, trabaja medio tiempo en un laboratorio de cosméticos y de noche estudia para terminar una carrera terciaria.
Sus piernas si bien no son feas, pecan de ser un poco cortas y esos rollitos de su cintura que casi no se notan vestida como para pasar el invierno, en verano la inhiben de usar “tops” y le molestan un poquito cuando en la playa se tiene que poner una bikini.
Ella considera una situación embarazosa eso de ponerse una bikini, aunque convengamos que en este aspecto –embarazos- aún no figuró ni a placé. Apenas unos aprouchs con algunos noviecitos de la secundaria y el profesorado, que le mostraron que si bien hacer el amor es lindo, hacerlo con tranquilidad debe ser mucho más lindo.
En definitiva, ninguno de los dos es lo que el título hace suponer que son.
Pero bueno, esta es la historia de los escollos que debió sortear la pasión de ellos para transformarse en ese amor del que hablamos más arriba y, precisamente, no ser famosos y hermosos fue uno de los tantos escollos que debieron eludir para apasionarse Hilario y Mariela, él y ella, el novio y la novia y también debe decirse Mariela e Hilario, ella y él, la novia y el novio, atendiendo a que no debe priorizarse ningún género cuando se los menciona, para que a uno no lo acusen de machista y lo crucifiquen en el Monte de la Equidad levantado por quienes sostienen que es lo mismo orinar de parado que tener que sentarse para no chorrearse toda.
Pero ese es otro tema del cual mejor permanezco alejado y como apoyando la corriente mayoritaria para no ser crucificado en…¿ah?, ¡está bien, ya se, ya se que dije eso hace unos pocos renglones!
Volviendo a nuestro personajes: si ella fuera bellísima y él un futbolista famoso, ¡chau!…todos los canales de televisión y las revistas de figurones competirían para obtener una foto de ellos besándose.
Es más, hasta les pagarían para besarse y brindar a su ávido público la primicia del amor desenfrenado y sin tapujos que surgió entre otros dos famosos del jet set.
Y claro, con un beso en un boliche de moda y los flashes al rojo vivo, la relación estaría servida, aunque correría el riesgo de ser sumamente breve porque la maquinaria informativa no puede detenerse y el tiempo, señoras y señores es algo que mucho tiene que ver con esta historia.
Blanqueados estos aspectos que fueron modificados –ya lo aclaré más arriba- con la sana intención de que el título de este cuento fuera llamativo para que algunas personas más se sintieran atraídas a leer la historia de esta pasión-, paso a detallar otros aspectos.
-2-
Mariela siempre vivió en Villa Martelli, como 20 cuadras más allá de la General Paz que Tecnópolis y para llegar al laboratorio donde trabaja, debe tomar un colectivo que durante más de 40 minutos zizaguea peligrosamente por la laberintica ciudad en medio del tránsito que viene desde el norte del conurbano, hasta que la deposita en la boca de una línea de subte que la deja casi cerca de su trabajo.
Hilario hace cinco años se mudó a una casita con jardín, heredada de su abuela en el hermoso barrio de Lomas de Zamora Centro, ubicado en la zona sur del Gran Buenos Aires, desde donde todas las mañanas se sube al ferrocarril Roca hasta Constitución y de allí se toma el subte hasta la oficina donde trabaja de pinche…
-¡Ah claro! –me interrumpe usted supuesto existente lector/a de cuentitos urbanos de amor, dirigiéndose al Mundo en general y señalándome con su índice acusador, - Este tipo (o sea yo) es muy obvio. Seguro que nos va a contar que una tarde de crepúsculos radiantes, donde se entremezclaban los últimos rayos color oro del sol con el fulgor rojo de las nubes y el azul profundo del cielo, se encontraron en el subte línea B y mientras el áspero tra-ca-trac de la ruedas contra las vías, se transformaba en el dulce talan-tilin-talan de celestiales campanas y en el multitudinario piar de aves. Seguro que ese entorno almibarado hizo desaparecer el cansancio de un día de trabajo para marcar el tiempo en que el amor lo puede todo, en que el amor es más fuerte (Tanguito dixit) incluso que las dos horas de tedioso viaje que ambos gastan cada día, de lunes a viernes.
Pero no lector/a.
Usted está cometiendo varios errores en su prisa por mandar este cuento a la mierda y encender la tele.
Trato de no ser muy convencional ni obvio al describir situaciones, y usted me considera así.
Primero –y fundamental dado el caso- es que el subte va bajo tierra y por más crepúsculo dorado-rojizo-azulado que haya no se ve un joraca. ¿sí?
Ah, y suponiendo que el techo del subte sea transparente y que el túnel también lo sea, los edificios tendrían que serlo también para poder ver la puesta de sol.
Pero si los edificios fueran transparentes…¡otra que Gran Hermano! ¡Nadie miraría el crepúsculo dorado-rojo-azulado!
Segundo, resulta muy difícil que alguien que no es futbolista famoso y que vive en Lomas, se cruce con una chica que no es bellísima y se domicilia en Villa Martelli, se enamoren en medio de un conglomerado urbano de más de 12 millones de personas donde casi no miran a nadie a los ojos ni en el subte, ni en el bondi, ni en la calle, ni en el laburo, ni en la plaza, ni en el secundario, ni en la pizzería, ni en el cine…
-Ah…¿Y cómo se conocieron si ella vive en Villa Martelli y él en Lomas de Zamora con más de 30 kilómetros de laberíntica ciudad de por medio? – vuelve a interrumpirme usted, copiando parte de la frase que escribí más arriba y que debo haberle afanado a alguien.
Para zafar de explicar cómo se conocieron podría apelar a decir que así lo dispuso el Destino o, como lo hice en otra historia donde un hombre y una mujer se tenían que cruzar en un determinado lugar a cierta hora ya establecida, porque así lo habían determinado antes de la creación de nuestro universo las Fuerzas de los Siete Arcanos (sea lo que fuere eso).
Pero no, no se preocupe. No voy a invocar ninguno de esos topicazos literarios.
La verdad es que no tengo la menor idea de cómo se conocieron.
-Pero señor…¿entonces para qué todo este palabrerío sobre la ciudad, los millones de habitantes, el crepúsculo, el subte transparente, Lomas de Zamora, Villa Martelli y etcétera- me pregunta usted, ya bastante indignado por lo que usted llama “mis incoherencias”, supuesto lector/a.
Le respondo que yo simplemente me encontraba describiendo a los personajes: dónde viven, cómo viajan a sus trabajos y fue usted, señor, señora, quién saltó de su sillón, arrojando el cuento al piso y adelantándose a mis palabras afirmó que yo iba a provocar un romántico pero posiblemente inexistente encuentro a varios metros bajo tierra, en un vagón de tren atestado, cuya temperatura superaba los 42 grados y donde más de 10 pasajeros ya estaban cianóticos y a punto de desmayarse por la falta de aire. Ella, con unos ojos hermosos, grandes, brillantes y expresivos mirando las piernas de un futbolista en pantaloncito cortos y cuando esos ojos hermosos, grandes, brillantes y expresivos se elevan, descubren, turbados, que el dueño de las piernas está atento a su mirar. Él con una bonita sonrisa y un “hola” dicho en silencio marcándolo muy pronunciado con los labios. Ella respondiendo con otro “hola” silencioso y turbado. Él en su primer intento de acercamiento fracasado porque justo en la estación Bulnes subieron como 20 personas más al subte. Ella sonriendo comprensivamente ante este primer fracaso. Él invitándola con un gesto a bajarse en la próxima estación y charlar en el andén. Ella respondiendo al gesto de él que la invitaba a bajar en la próxima para encontrarse en el andén, señalándose su reloj (que no usa, porque tiene el celular para fijarse la hora) para significar que está apurada. Él que baja del vagón y vuelve a subir por la otra puerta, la que lo deja más cerca de ella. Ella, que sonríe, haciendo brillar más sus ojos hermosos, grandes, brillantes y expresivos, agradablemente asombrada por la hazaña. Él preguntándole hasta qué estación va. Ella respondiendo que en dos estaciones más se baja. Él que se ofrece a acompañarla. Ella que acepta con un “dale”. Él que le sonríe compradoramente. Ella que camina hasta el colegio con él a su lado hablando ambos de intrascendencias. Él que le pide el número de su celular cuando se están despidiendo en la puerta del colegio. Ella que se lo da y, a su vez, le pide también su número. Él viendo como ella sube los escalones y pese a que vista desde atrás…no dice mucho, al menos tiene lindas piernas, aunque un poco cortas, pero como no quiere que lo sorprenda mirándole las piernas, da media vuelta y se marcha. Ella que se gira para decirle chau con la mano y ve que se está yendo. Él, que no sospecha siquiera que ella se dio vuelta para saludarlo. Ella que, mirándole las piernas, se dice que no tiene piernas de jugador de fútbol pero que es simpático. Ambos que no se llaman al otro día para no parecer desesperados. Ambos que se encuentran al día subsiguiente porque ella ese día no tiene clases o se hizo la rata. Él que se agacha un poco y la besa en la boca. Ella que responde a su beso mordiéndole muy suavemente los labios. Él, que siente apretarse contra su pecho las tetas de ella. Ella que siente que de repente la pija de él se pone más dura. Un crepúsculo amarillo-rojo-azulado que no se deja ver a través de los edificios porque no son transparentes…pero igual está ahí para contribuir a la magia del primer beso de esta historia.
Quizá haya sido así. No sé, porque le reitero señor, señora: No tengo la más pálida idea de cómo, cuando y dónde se conocieron, si es que alguna vez sucedió.
-¡Oia! ¿Este tipo (o sea yo) ahora me quiere hacer dudar que alguna vez se conocieron? Eso creo que ya lo contó en esa otra historia de las fuerzas de los siete arcanos. Si no se conocieron…entonces ¿de qué pasión me va a hablar?
-Señor, señora. Hay una grande, enorme diferencia entre verse y conocerse. En lo que a mi respecta, se que ellos se vieron una sola vez en un boliche de la Avenida Meeks en Lomas, donde él solía ir a bailar y ella fue invitada a la despedida de soltera de su amiga Felicitas, aquella que a los dos meses se divorció y que hoy vive en pareja con Estela por el barrio de Caballito.

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Si le preguntamos a él qué pasó esa noche, no recuerda nada especial. Te dice que bailó, que junó algunas minitas, que después le empezó a dar al vodka con fanta y al final se fue a dormir tipo 4 de la mañana porque el trago le pegó fuerte esa noche. No tiene ni el menor recuerdo de un par de ojos hermosos, grandes, brillantes y expresivos en los que se fijó después de ver las tetas de su dueña zamarreándose al compás de la música. ¿Cómo iba a recordarlo si todo eso duró apenas 3 segundos?
Si le preguntamos a ella que pasó esa noche, no recuerda nada especial. Apenas la sonrisa cómplice de un flaco al que sorprendió mientras le miraba las gomas y que con un gesto le hizo entender que estaban buenísimas…ah, y cuando salía del boliche tuvo tiempo de apreciar un amanecer apoteótico, teñido de oro, rojo y azul profundo que se venía perfilando desde el lado del naciente.
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Él, cuando se despertó, pasado el mediodía, aún con resaca, se fue a la costanera de Quilmes a ver si se enganchaba algo, pero se quedó mirando un picado en el que por dos veces debió alcanzar la pelota. La primera vez con la mano, la segunda pateándola y en ambas oportunidades lo hizo perfectamente.
-Quizá si me quedo un rato más, me inviten al picadito- se dijo.
Pero no. No era el día del año en que jugaba fútbol y se volvió a su casa sin transpirar la camiseta y como premio esa semana pudo caminar normalmente.
Ella, se volvió a su casa solita, tipo 8 de la mañana y se masturbó un buen rato antes de dormirse.
La despertó su mamá para que almorzara con ellos y su abuela, que los visitaba ese domingo.
-2-
Ella no lo percibe a nivel conciente, pero cada vez que está fifando, una sonrisa que ya no recuerda se le aparece una fracción de segundo antes de cada orgasmo, obligándola a gritar su placer con más fuerza.
Él no recuerda de quien son, pero cada vez que acaricia unas buenas tetas, se le cruza durante centésimas de segundo la imagen de un par de ojos hermosos, grandes, brillantes y expresivos y no sabe por qué, al verlos en su mente, su pija se pone más dura.
Podemos decir que no se conocieron, pero también podemos afirmar que desde hace muchos años, en uno de los universos posibles, están apasionadamente enamorados el uno de la otra, la una del otro.
…Y eso trasciende a otros tiempos y universos, incluso al nuestro.

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